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Tecnologías de mi infancia que desaparecieron sin que me diera cuenta

Un recorrido nostálgico por tecnologías que marcaron mi infancia y que hoy ya casi nadie usa. Desde casetas telefónicas hasta reproductores de CD y películas en VHS, esta entrada revive una época no tan lejana donde lo físico y lo analógico eran parte del día a día.

Tecnologías de mi infancia que desaparecieron sin que me diera cuenta

E

l otro día, mientras salía del trabajo y caminaba con un amigo rumbo a casa, pasamos por un lugar que nos hizo soltar una buena carcajada. Justo por esa zona donde antes había un hospital (que ya no existe y ahora es un lote vacío sin un uso claro), vimos una de esas clásicas casetas telefónicas de calle. De esas que funcionaban con monedas o con tarjetas de prepago para hacer llamadas.

Lo curioso fue que había una persona parada justo ahí, en la caseta, en una posición tan natural que parecía estar usándola de verdad. Nos quedamos un momento confundidos: ¿¡aún funcionan esas cosas!? Si ya ni cable tienen, están todas vandalizadas y oxidadas. Pero lo más gracioso fue darnos cuenta de que no estaba usando la caseta... ¡estaba usando su celular! Lo tenía recargado dentro de la cabina, como si fuera una especie de soporte improvisado o escudo del sol. Fue un momento tan absurdo como cómico, y nos hizo reír bastante.

Ese pequeño instante me dejó pensando en cómo hay tecnologías que no son tan viejas, pero que ya no usamos. Algunas siguen ahí, como esas casetas, oxidadas pero presentes, como si fueran testigos mudos de una era que se fue hace poco. Así que decidí escribir sobre algunas de esas tecnologías que yo sí llegué a usar. No hablaré de todas, ni de las más famosas o evidentes, sino de esas que, por una u otra razón, marcaron una etapa en mi vida. Vamos a hacer un pequeño viaje no tan lejano en el tiempo.

Casetas telefónicas: hablar en la calle tenía su ritual

Después de aquella escena absurda en la caseta —la misma que parecía sacada de otra época— no pude evitar recordar cuando esas cosas realmente se usaban. Y no, no hablo de hace 40 años: me tocó vivir esa etapa. En mi localidad sí había una caseta, solo una, y se compartía entre todos. Era parte del día a día. Ver a alguien hablando ahí dentro era completamente normal, y si necesitabas hacer una llamada, sabías que te podía tocar esperar, porque a veces se hacía fila.

Lo más común era usarla para llamar a casa o contactar a algún familiar. Al principio funcionaban con tarjetas telefónicas que se vendían en la farmacia del pueblo. Luego vinieron versiones más modernas que aceptaban monedas, lo que las hacía un poco más prácticas, aunque seguías teniendo que calcular bien el tiempo para que no se te acabara el saldo a mitad de conversación.

Hoy en día, esas casetas ya no sirven para nada. Están ahí, vacías, oxidadas, vandalizadas, como esqueletos urbanos de otra era. Ya no tienen cable, ya no tienen teléfono... pero siguen en pie, como si se negaran a desaparecer del todo. Son testigos mudos de una época donde comunicarse requería moverse, esperar, comprar saldo, y hasta planear bien lo que ibas a decir.

Y aunque ya no las usamos, ni falta que hacen con lo fácil que es llamar por celular, no puedo evitar sentir algo de nostalgia cuando paso junto a una. Porque sí, yo llegué a marcar números desde esa única caseta del pueblo, y eso no se me olvida.

Reproductores portátiles de CD: la música en movimiento

Aunque también llegué a usar casetes, lo que más recuerdo son los CD y, especialmente, esos reproductores portátiles que nos permitían llevar la música a todos lados. Eran algo grandes para ser "portátiles", pero eso no importaba: podías conectar tus audífonos, cargar un disco, y perderte en tus canciones favoritas mientras caminabas o simplemente estabas acostado en casa.

En mi hogar, la música siempre estuvo muy presente. A mi papá le encanta cantar, así que no era raro encontrarlo ensayando o simplemente disfrutando la música a todo volumen. Entre casetes, discos, e incluso vinilos en una tornamesa que aún conserva, siempre hubo algo sonando. Pero de todo eso, lo que más me marcó fueron los CD: apilados por todos lados, algunos con canciones que me gustaban y otros no tanto, pero que de todas formas eran parte de la banda sonora de la casa.

Una imagen muy clara que tengo es la de mi hermana con su porta-CD de Garfield, el cual protegía como si fuera un cofre del tesoro. Tenía sus discos organizados por estado de ánimo o artistas, y siempre sabía cuál quería escuchar.

Y hay un recuerdo que ahora me provoca una nostalgia especial: ver a mi papá subirse a su bicicleta por las mañanas, con sus audífonos puestos para salir a dar un paseo. Ese era su ejercicio: pedalear tranquilamente con la música como compañera. A veces me decía que lo acompañara, y no lo hice. No sé por qué. Supongo que en ese momento no me parecía importante, pero ahora lo pienso y me gustaría poder regresar a decirle que sí.

Eso sí, algo que pasaba seguido con esos reproductores era que se acababan las pilas justo cuando más querías usarlos. Y si no tenías repuesto, tocaba guardarlo. También había que tener cuidado de no moverlo demasiado, porque el disco se podía trabar o saltar la canción.

Con el paso del tiempo, esos reproductores desaparecieron. Llegaron los MP3, luego los celulares, y finalmente las plataformas digitales. La música se volvió más accesible, pero también perdió algo de ese ritual. en casa de mis papás aun hay varios discos, aunque ya casi no hay dónde escucharlos. Ahí están, guardados como recuerdos físicos de una época donde escuchar música era toda una experiencia.

Las agendas digitales electrónicas

En casa de mis papás había algo que, en su momento, no me llamó la atención pero que ahora me parece fascinante: un pequeño folder, parecido a un tarjetero, donde mi papá guardaba decenas de tarjetas de presentación. Era su forma de mantener organizados los contactos de negocios, conocidos y personas a quienes llamaba con frecuencia. Cuando necesitaba comunicarse con alguien, abría ese folder y hojeaba las tarjetas hasta encontrar el número deseado. Un proceso manual pero eficaz, que reflejaba cómo se gestionaban los contactos antes de que existieran los teléfonos inteligentes.

Pero más adelante descubrí que, en otro cajón, tenía una pequeña agenda digital de color azul. No recuerdo la marca exacta, pero creo que era algo como “Texas Pocket” o similar. Ese aparato me parecía casi mágico: lo encendías y podías buscar, agregar o eliminar contactos; tenía una pequeña pantalla y hasta algunos juegos integrados. Yo la usaba para jugar y registrar contactos ficticios, porque aún era un niño sin números reales que guardar. Sin embargo, me encantaba explorar sus funciones y la sensación de tener “mi base de datos personal” en la palma de la mano.

Hoy, esa tecnología ha desaparecido casi por completo. Las agendas digitales fueron desplazadas por los teléfonos celulares, incluso antes de que existieran los smartphones. Los modelos más básicos ya permitían guardar números de teléfono, nombres, e incluso direcciones. Poco a poco, estas agendas electrónicas quedaron relegadas a cajones y recuerdos, como una etapa de transición entre lo analógico y lo digital. Sin duda, fueron un paso clave hacia la manera en que hoy gestionamos nuestra información personal.

Películas en VHS: rebobinar era parte de la magia

Sin duda, el mundo del VHS fue algo muy especial. Un formato que no solo nos permitía ver películas, sino que también nos daba toda una experiencia que hoy ya no existe. Recuerdo perfectamente ver películas con mis hermanos en ese formato.

Tener una película en VHS era tener algo físico, grande, con su caja de plástico o cartón, y muchas veces con ilustraciones geniales. Se podían comprar o alquilar, lo que también implicaba salir, ir al videoclub, al local de películas, elegir entre decenas de carátulas, o que algún familiar o amigo te prestara alguna

Pero si algo me quedó grabado fue esa máquina especial para rebobinar las cintas. Meter el VHS, escuchar ese “clic” y luego el sonido rápido de la cinta regresando… era algo casi hipnótico. Y sí, muy satisfactorio. Eso sí, si te equivocabas de botón, en lugar de regresarla, la adelantabas y luego tocaba hacer todo el proceso de nuevo. Pequeños errores que ahora suenan graciosos, pero eran parte del aprendizaje.

En casa teníamos un reproductor combinado: leía tanto VHS como DVD. En su momento me parecía algo súper moderno, como tener lo mejor de los dos mundos en una sola caja. Hoy ya suena a cosa del pasado, pero en su momento fue toda una innovación.

Los VHS poco a poco fueron desapareciendo, reemplazados por los DVD, luego los Blu-ray, y ahora todo es digital, por streaming o descargas. Y aunque es cierto que ahora todo es más práctico, no puedo evitar sentir cariño por esa época en la que ver una película implicaba todo un ritual: sacar la cinta, meterla con cuidado, y rebobinarla al final porque “así se debe dejar”.

Programas en CD: comprar software era toda una misión

Hubo un tiempo en el que comprar un programa no era tan simple como entrar a una página, poner tu tarjeta y descargarlo. Antes, tenías que salir de casa, ir a buscarlo físicamente, y esperar que lo tuvieran en existencia. Recuerdo muy bien cuando acompañaba a mi papá a comprar programas en CD, algunos originales... y otros no tanto, de esos que vendían en la plaza de la tecnología.

Era todo un ritual. Salíamos a buscar ese software o juego que queríamos instalar en nuestra computadora con Windows XP. A veces los discos venían con su clave de licencia impresa, otras veces traían un pequeño documento con instrucciones o, en el caso más "creativo", un keygen o un parche que tenías que instalar para que funcionara. Sé que no todo eso era legal, pero formaba parte de la experiencia.

Ir, ver qué había, preguntar si estaba disponible, pagar en efectivo, volver a casa y cruzar los dedos para que todo funcionara bien. Si algo salía mal, era volver al día siguiente a cambiar el disco o a buscar otra solución. Pero justo ahí, en medio de todo eso, creo que comenzó mi interés por las computadoras. Dejé de usarlas solo para Encarta o para jugar, y empecé a entender que había muchas cosas por explorar.

Otra parte que me encantaba era revisar las revistas de tecnología. A veces las comprábamos en el puesto de periódicos, otras llegaban solitas con la suscripción mensual. Ahí veías qué programas nuevos salían, qué juegos venían, y muchas veces traían un CD con demos, utilidades o wallpapers. Esperar esa revista era como recibir un regalo.

Hoy todo eso ya no existe. Si quieres un programa, entras a una página, pagas en línea y descargas. Todo fácil, rápido, sin vueltas ni complicaciones. Mucho más eficiente, sí… pero también menos emocionante. Lo que antes era una pequeña aventura tecnológica ahora es simplemente un clic.

Un vistazo no tan lejano

No son tecnologías del siglo pasado ni inventos de museo, pero para mí, todas estas cosas representan una etapa que ya no existe. Casetas telefónicas, CD portátiles, programas en discos, películas en VHS... no son tan antiguas como otras, pero marcaron un momento muy específico en mi vida. Son recuerdos que, aunque no parezcan tan lejanos, ya pertenecen a otra forma de vivir la tecnología.

También sé que hubo muchas otras cosas que existieron y que no me tocaron usar o que conocí solo de lejos. Pero estas que mencioné, sí me tocaron. Las viví, las disfruté, a veces hasta me frustraron… y por eso las recuerdo con cariño.

Hoy todo es más rápido, más digital, más automático. Pero hay algo especial en haber vivido ese pequeño tramo de transición entre lo físico y lo virtual, entre rebobinar una cinta y hacer clic en un botón. Y a veces, recordar eso también es una forma de apreciar lo que tenemos ahora.

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