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Tú aceptaste los términos y condiciones, pero los demás no

Los lentes que graban y los dispositivos que pueden recordar conversaciones están cambiando nuestra privacidad. Pero ¿el verdadero problema es la tecnología o la manera en que decidimos utilizarla?

Tú aceptaste los términos y condiciones, pero los demás no

Hace poco estaba viendo un video sobre privacidad que me hizo recordar algo sobre lo que llevaba tiempo queriendo escribir: los lentes inteligentes Ray-Ban de Meta. Siempre me han parecido interesantes, especialmente por la posibilidad de capturar momentos sin necesidad de sacar el celular. Pero mientras pensaba en lo prácticos que pueden ser, también me surgió una duda: ¿qué pasa con las personas que aparecen en esas grabaciones sin saberlo? No porque alguien necesariamente tenga malas intenciones, sino porque quizá ni siquiera pensamos en que estamos grabando algo que también forma parte de la vida de otra persona.

Cuando compramos un dispositivo o instalamos una aplicación, aceptamos términos y condiciones que, seamos sinceros, casi nadie lee completamente. En teoría, somos nosotros quienes decidimos qué información compartir. Sin embargo, cuando utilizamos dispositivos capaces de grabar lo que vemos o procesar lo que escuchamos, esa decisión también puede involucrar a otras personas. Y aquí aparece algo que pocas veces consideramos: nosotros aceptamos las condiciones, pero quienes están cerca de nosotros no.

Cuando una cámara o un micrófono pasan desapercibidos

Los Ray-Ban Meta permiten tomar fotografías y grabar videos desde unos lentes que pueden parecer completamente normales. Es cierto que incorporan una luz que indica cuando la cámara está funcionando, pero ¿cuántas personas realmente saben lo que significa? Algo parecido ocurre con las funciones que permiten a los dispositivos recordar información de una conversación. Apple ha explorado herramientas para recuperar lo que acabamos de escuchar, algo que podría resultar bastante útil cuando olvidamos una dirección o algún dato importante. Aunque no es lo mismo procesar temporalmente audio que guardar una grabación, en ambos casos aparece una pregunta: ¿qué sucede con las personas que no saben que un dispositivo puede registrar o procesar parte de lo que dicen o hacen?

Ahora imagina algo más delicado. Estás en un parque con tus hijos, caminando con tu pareja o simplemente disfrutando de un momento familiar. A unos metros hay alguien utilizando lentes inteligentes y no tienes manera de saber si está grabando. Tal vez solamente está capturando un recuerdo y ustedes aparecen accidentalmente, como podría suceder con cualquier celular. Pero también existe la posibilidad de que alguien utilice esos mismos lentes para grabar deliberadamente a tus hijos, a tu pareja o a otras personas sin su consentimiento, incluso con intenciones de acoso o de carácter sexual. Y creo que ahí nuestra percepción cambia por completo.

Es verdad que llevamos años rodeados de cámaras y que estas situaciones no comenzaron con los lentes inteligentes. La diferencia es que ahora grabar puede resultar mucho más discreto. Con un celular generalmente podemos identificar cuando alguien apunta la cámara, pero con unos lentes quizá ni siquiera nos demos cuenta. Y entonces surge una pregunta complicada: ¿deberíamos pedir permiso cada vez que queremos grabar algo o simplemente aceptar que vivimos rodeados de cámaras?

Tal vez el problema no sea la tecnología

Creo que aquí llegamos a algo que hemos visto muchas veces con otras tecnologías. Las redes sociales, los celulares e incluso las cámaras de seguridad pueden ser herramientas bastante útiles, pero también pueden utilizarse para molestar, invadir la privacidad o perjudicar a otras personas. Y aunque es fácil responsabilizar a los dispositivos o a las empresas que los fabrican, en muchas ocasiones el problema comienza con las decisiones de quienes los utilizan.

Si yo tuviera unos lentes inteligentes, seguramente querría utilizarlos para grabar momentos con mi familia o capturar algo interesante mientras camino. No me gustaría tener que pedir autorización a todas las personas que aparecen accidentalmente en un video. Pero si descubriera que alguien grabó a mis hijos o una conversación privada con mi pareja sin avisarnos, probablemente pensaría diferente. Y creo que ahí está lo complicado: muchas veces nuestra opinión cambia dependiendo de qué lado de la cámara nos encontremos.

Eso tampoco significa que las empresas no tengan responsabilidad. Incorporar indicadores visibles, controles de privacidad y medidas para evitar usos indebidos es importante. Pero por más mecanismos que existan, siempre habrá alguien que encuentre la manera de utilizar una herramienta de forma incorrecta. Quizá ninguna tecnología pueda resolver por completo algo que, en el fondo, también depende del criterio y del respeto que tenemos hacia los demás.

¿Quién decide qué es lo correcto?

No creo que la solución sea dejar de utilizar estas tecnologías. Al contrario, me entusiasma pensar en todas las posibilidades que pueden ofrecer. Pero también creo que necesitamos aprender a convivir con ellas, especialmente cuando lo que hacemos puede involucrar a personas que nunca eligieron participar. Tal vez en unos años nos parezca completamente normal que alguien lleve una cámara o un micrófono encima durante buena parte del día, como hoy nos parecen normales los celulares.

Al final, quizá el problema sea el mismo que hemos tenido con muchas otras tecnologías: no siempre sabemos utilizarlas de manera responsable. Aunque tampoco estoy seguro de que todo pueda reducirse a eso. ¿Hasta dónde debería llegar nuestra libertad para utilizar un dispositivo y en qué momento comienza el derecho de otra persona a pedirnos que no lo hagamos?

Porque tú puedes aceptar todos los términos y condiciones que quieras, pero los demás no. Y aunque la tecnología siga avanzando, todavía nos queda una pregunta por resolver: ¿necesitamos dispositivos con más restricciones o personas que sepan utilizarlos mejor?

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